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hOrrOr ciVis (III)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

También en este número

hOrrOr ciVis (III)

fraude

ipatria era pura tristeza aquel fin de año del 99: «no quiero ver a nadie», me dijo, «ni a tu familia ni a la mía: los treinta y uno son siempre una farsa». nos habían prestado un apartamento en un edificio curvo del vedado. y allí estábamos: quince pisos sobre el nivel del mar. sería todo un fin de semana sin salir a la calle, encerrados entre las paredes de cristal, plástico, aluminio y concreto. habíamos almacenado suficiente comida, música y toneladas de alcohol. teníamos un plan, ipatria y yo: comer y emborracharnos en un balcón abierto de par en par sobre la habana y su mar. y también, por supuesto, desnudarnos allá arriba y hacer por fin el amor, libres del incivil acoso de la ciudad. preparar la cena del treinta y uno nos llevó toda la tarde. ipatria apenas habló mientras cocinábamos: apenas hablaba los fines de año. le aconsejé hundirse en la bañadera hasta la nariz, supuse que el agua caliente le haría bien a su ánimo. mientras, yo dejaría lista la mesa. pero total, un par de horas después decidimos ya no comer esa noche: la comida no nos bajaba por la garganta, ni a ipatria ni a mí. así que salimos al balcón. yo terminaba un cubalibre cuando ella se recostó a mi lado contra la barandita. el cielo estaba empedrado a ras de las azoteas. las ráfagas mezclaban los olores y ruidos de la habana allá abajo con el salitre del mar que nos llegaba directamente del horizonte. parecía que iba a anochecer otra vez dentro de aquella noche, aún cuando ya casi serían las doce. «se acaba el año...», se quejó. yo sólo volví a llenar mi vaso de cubalibre y se lo ofrecí. ella se lo tragó de un tirón. apretó los ojos y dos lagrimones preciosos restallaron entre sus párpados. sonreí. «¿qué te pasa?», le hice cosquillas. «nada», ella también sonrió, «que el 2000 era el futuro, ¿no?»

virgílea

lle he preguntado al hombre que lustra mis zapatos si conocía la historia del hombre que preguntó al hombre que lustraba sus zapatos si acaso no tenía miedo de sí. el señor, él mismo viejo y prieto como un zapato, me ha mirado con un candor infantil. «ya no le tengo miedo a nada ni a nadie», me espetó por toda contestación. y entonces me indicó, cortés pero cortante, que me alejase inmediatamente tan lejos como fuera posible de su sillón, a menos que yo prefiriese que él me partiera la cara de un solo bofetón con betún.

tocata

toc, toc, toc: jugábamos al go. toc, toc, toc: en un cartón inventado y con piedritas recogidas en pleno asfalto. toc, toc, toc: jugábamos al go mientras esperábamos mortalmente la muerte de nuestro primer premier: toc, toc, toc. en un cartón inventado y con piedritas recogidas en pleno asfalto: toc, toc, toc. jugábamos al go: toc, toc, toc.

in extremis

cuando por fin llegamos hasta maisí, descubrimos que había un velorio en la calle: incontables viejitos sentados en cada acera, entre termos de chocolate y abanicos de paja. todo amigablemente animado a la par que terriblemente tedioso. aquello era, supusimos antes de buscar alguna casa que todavía alquilara a cubanos, lo único real que ocurría aún en sus viditas extremas: velorios, velorios

blanconio maceo

los peritos criollos le blanquearon el cráneo: hasta se lo midieron es-cru-pu-lo-sa-men-te para sosiego de todos los conciudadanos de aquella nación aún sin nacer. conclusión (según consta en acta científica certificada): el general maceo era blanco... ciertamente, ninguna bala española hubiera conseguido una muerte tan rotunda como la muerte cubana del ya no tan broncíneo titán.

apoplegía de la p

lel desconsuelo me cerraba los ojos, paralizándome. yo los abría de nuevo, pero él seguía allá afuera, tironeando mis párpados, des-con-so-la-da-men-te. un día me cansé de tanta angustia inmóvil y tanta descoyuntación paralítica. algo tenía que hacer para despertar a la vida, así que al día siguiente salí a la calle con una proclama de vivos colores en alto: «viva la realidad», chillaba mi cartelón. pero fue un desastre. los eventos se desarrollaron con demasiada voracidad. policías políticos, periodistas pedantes, público promiscuo y, finalmente, prisión preventiva: en un peculiar complot de la p... todavía hoy no consigo evitarlo: aún todos están convencidos de que soy algún líder opositor; incluso me achacan la presidencia de cierto clandestino «partido cubano de la realidad».

falsa alarma

estaba en casita oyendo la radio cuando «¡ triunfó la revolución !», anunciaron de súbito. y yo salté de la cama. y salí corriendo a la calle: eufórico, exultante, dando «vivas» a voz en cuello sin haberme lavado la boca. ni la cara. pero allí afuera todo seguía yerto, apátrico más que apático. debía ser algún error de la transmisión. o algo aún peor. en cualquier caso, pregunté la fecha para comprobar, y entonces cada quien me soltaba su propio numerito al azar: «en 1933», «en 1640», «en 1871», «en 1789», «en el 33», «en 1917», «en 1895», «en 1776», «en 1910», «en 1868», «en el año 0, anormal», se detuvo ante mí un niñito ripioso, el único de los transeúntes que me miró sin miedo a la cara. entonces regresé corriendo a casita y me acurruqué junto a la radio otra vez. todo igual: «¡ triunfó la Revolución !», anunciaban de súbito como si nada. sólo que ahora me controlé. o casi: ni salté de la cama ni salí corriendo a la calle. simplemente fui pasito a pasito hasta el baño, cauteloso e incrédulo, y me lavé la cara primero y la boca después. en el espejo del botiquín aún no se me despintaba la temeraria mirada de aquel niñito ripioso. si algún día la revolución triunfaba de veras, nunca le preguntaría a él para comprobarlo.

ferrosa

miré al televisor: «el que a hierro mata, a hierro termina...», gritaba la multitud. estaban en el cementerio y, en efecto, alguien había matado a alguien y ahora se pedía una venganza ejemplar: más sangre ferrosa por desperdiciar. miré a mi madre, tenía casi ochenta años y se balanceaba en su sillón mientras sonreía en silencio, ininvolucrable de remate, acaso asumiendo que a su último hijo en la patria no le pasaría nada antes de ella morir. o al menos que no le pasaría nada por esta vez. irritante de tan impasible. «mamá», me exploté, «un día de estos mato a alguien con un hierro o soy yo quien se hace matar...» pero nada. ella sólo sonreía en silencio con la vista clavada en el cementerio repleto como un mercado bien surtido. mi madre está confiada de que, a través del vidrio curvo de la pantalla, no hay contacto posible entre aquella y nuestra propia sangre ferrosa aún por desperdiciar.

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