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Tres Cuentos contrarrevolucionarios (II)

Por Miguel Correa

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En una isla desprovista de oro, los conquistadores españoles esclavizaron a los indios en una incontrolable desesperación aurífera. Las arenas fueron lavadas y requetelavadas por los indios quienes finalmente cargaron con la culpa de habitar una tierra sin oro. Muchos morían en las agotadoras y estériles jornadas; otros se suicidaban en masa. Los españoles nunca creyeron que los indios habían extraído de la isla hasta el último gramo del metal.

Después pasaron varios siglos.

Cuando una de las innumerables dictaduras se instaló en el poder, resurgió el desatino por el oro. Pero ya no había indios ni arenas que lavar. Y aunque la isla no podía ofrecer siquiera un filamento dorado, el oro apareció insólitamente. El gran acierto de la dictadura fue buscar los preciosos yacimientos no en el subsuelo ni en los ríos resecos sino en lo recóndito de los roperos, en los trasfondos de las maletas desvencijadas, debajo de los falsos techos, en la cartera hecha jirones de una dama recatadísima y todavía católica... En una isla asolada por la miseria y por los diversos tormentos que la miseria impone, ¿qué joya podría competir con la eficiencia de un ventilador japonés, con una olla de presión o con un tocadiscos de alta fidelidad? ¿Qué prenda, por delicada que fuera, podría reemplazar la desesperación, la urgencia, por un aire acondicionado en los días de mayor ahogo...? ¿Qué piedra preciosa, qué quilates podrían contrarrestar la asfixia? Ninguna. Por lo que empezó el trueque de aquella fabulosa cacharrería por el oro ya lavado, pulido y trabajado por varias generaciones.

Retumbaron los cueros y salieron las joyas de los pechos seniles, las sortijas de los dedos otrora hermosos, las cadenas de altos quilates con relampagueantes crucifijos ya inservibles, las dentaduras arrasadas pero con un diente todavía enchapado en el metal, prendas finísimas todas pero incapaces de propiciar el menor alivio contra los estragos del calor, del hambre y de la época.

Sin duda alguna, los métodos utilizados por la dictadura para encontrar oro fueron mucho más civilizados y eficientes que los empleados por los colonizadores españoles para llevar a cabo el saqueo.

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