La orden de evacuación nos llegó el miércoles 11 por la tarde. Comenzó entonces la frenética tarea de empacar todo lo que habíamos desempacado el sábado anterior (somos una familia de seis) para disfrutar de unas vacaciones que durarían hasta el día 28 de Agosto. Podría decir que estas se convirtieron, a la larga, en un meteórico y pesadillesco empaque y desempaque, para marchar al ritmo de los acontecimientos huracanados que se nos avecinaban. Las tres semanas planeadas de relajación y recobro de las energías, casi exhaustas por el trabajo agotador de todo un año, en el increíble paraíso de la isla Sanibel, terminaron abruptamente, sin apelación posible. El huésped no invitado, había anunciado su visita que llegaría, pletórica de furia y de ira, a trastornar todos los planes vacacionales.
El jueves a mediodía, semejando una tribu de gitanos que huía, nos unimos a la larga teoría de vehículos, que no chirriaban como las carretas de Agustín Acosta, pero que trataban de alejarse con prisa del ojo del huracán.... La isla quedaba desierta.... Llegamos al hotel Radisson en Fort Myers y allí nos preparamos para hacer frente a "Charley", que llegó puntualmente, frente a nosotros, el viernes a las dos de la tarde.
Tras los cristales de nuestras habitaciones vimos agitarse las palmas que adornan la entrada del edificio y sentimos el ulular del viento y contemplamos la lluvia formando remolinos que arrastraban todo lo que encontraban a su paso. De repente, un inmenso toldo que ornaba el tope del edificio se vino abajo con un estruendo espectacular y nos tocó en mala suerte que quebrara el parabrisas de nuestro "van" que se hallaba estacionado por allí. Mientras tanto, el fluido eléctrico y el suministro de agua habían sido interrumpidos. Por suerte, el hotel posee un generador extra que nos daba luz a los pasillos y permitía el uso de los elevadores. En aquellos nos congregamos los residentes del hotel y allí dejamos que el iracundo "Charley" agotara las flechas de su aljaba y siguiera después su ruta sin importarle el daño causado.
Mientras tanto, aunque en aquellos momentos de confusión y pánico no podíamos imaginarlo, allí¡, en medio de los vientos furiosos del huracán, Sanibel y Captiva se debatían impotentes frente al hado maligno de la destrucción: el bello arbolado que le da prestancia al entorno maravilloso de ambas, era azotado y zarandeado sin compasión; el viento, desaprensivo y autoritario, se colaba por puertas y ventanas de los edificios, muchas de las cuales arrancó de cuajo, y levantaba alfombras, destruía los ventiladores, (muchas aspas fueron encontradas en las playas cercanas); desgarraba los refrigeradores como si fueran juguetes de papel y hacía volar los muebles , como pájaros sin rumbo, por los otrora frondosos vericuetos de ambas islas.
La isla de Captiva fue partida en dos, al azotar el huracán una estrecha faja de tierra. Allí parece que la destrucción fue casi completa: lugares que eran delicia de los turistas; residencias de valores millonarios; hoteles y restaurantes, todo se desmoronaba con increíble rapidez. (No obstante, espero que yo mismo esté exagerando un poco y las primeras noticias recibidas no sean tan catastróficas como se llegó a suponer).
No pudimos por menos que evocar en nuestra alborotada imaginación los días vividos en mi pueblo de Cuba, Sagua la Grande, el 31 de Agosto de 1933, cuando un fenómeno semejante vino a perturbar la paz de la zona, lanzando unos resoplidos estremecedores durante largas horas, arrasando y destruyendo, en complicidad con el siempre poderoso mar, el vecino pueblo de Isabela de Sagua. Y recordábamos como el día que precedió a aquel terrible suceso, los cielos haban mostrado su azul inmaculado, mostrando la paz de un perfecto día de verano, que de pronto se tornó plomizo y amenazante, y por el que las nubes corrían despavoridas, dando la impresión de que barrerían los techos de las casas. (En aquella ocasión fuimos testigos de acontecimientos interesantes, que merecen una futura crónica).
Ahora también, mientras aún permanecíamos en Sanibel, antes de la huida vergonzosa, pudimos contemplar un grupo de garzas que se movían, lenta y parsimoniosamente, por los alrededores de la piscina y hasta una de ellas volar hasta lo alto de uno de los edificios aledaños y dejar que su estampa grácil y blanca, se dibujara elegantemente contra un cielo purísimo. Seres inocentes, formando parte, como un ejemplo de la milagrosa creación de Dios, de esa naturaleza voluble y a veces despiadada, que nos lleva, nos trae, nos empuja, nos zarandea y nos mueve de un lado a otro cual infelices marionetas, como a nosotros en esta ocasión, luchando con nuestra improvisada gitanería, mientras ellas, las blancas garzas, conservan la imperturbabilidad de lo eterno…
Nuestras vacaciones, interrumpidas cruelmente por el visitante que nadie había invitado, nos llevaron en nuestro deseo irresistible de no aceptar la realidad, a una peregrinación por algunos pueblos de Florida: fuimos, después de Fort Myers a Fort Lauderdale a casa de unos amigos. Y mientras el resto de la familia permanecía allí, yo me escabullí hasta Miami donde visité familiares muy queridos y compré un montón de libros, finalizando con otra visita relámpago a West Palm Beach.....En medio de ese desbarajuste inesperado, no pude sustraerme al hecho inevitable de cumplir mis 80 años de edad, acontecimiento que no pasó desapercibido, pero también sin pena y sin gloria…
Y al fin regresamos a sumergirnos, con el amargo sabor de la desilusión en el alma, en las grisuras de la rutina diaria.
Mientras toda esa aventura tenía lugar, yo trataba de devorar las páginas del libro de turno: "Lo que el viento se llevó"...!¡ Y vaya que se llevó cosas!..... Pero, es justo confesar que nuestra pequeña aventura veraniega resultaba pálida en comparación con las turbulencias del alma de Scarlet O'Hara y las dolorosas experiencias del sitio y el incendio de Atlanta durante la guerra de Secesión...

