Jorge Manrique, el poeta que ostenta hoy el preciado mérito de ser considerado un poeta excepcional en el brillante ámbito de la literatura española, nació en 1440 y murió en 1479. Fue antes que nada guerrero, en aquel siglo 15 tempestuoso y agitado, escenario de los cruentos conflictos sustentados entre los señores feudales de la España medieval en sus permanentes esfuerzos de dominación y enfrentamiento a la autoridad real. Esos señores feudales poseían grandes propiedades, verdaderos latifundios, muchos de los cuales han llegado casi íntegros hasta hoy; disponían de sus propios ejércitos y eran los árbitros de los reinos. En sus luchas el pueblo apenas intervenía, aún cuando nunca dejó de sufrir las consecuencias más dolorosas de las sangrientas batallas. Jorge Manrique "más que un modelo de cristiano --dice Vicente Beltrán en la Introducción a la edición de su ‘Poesía Completa' -- fue modelo de caballero, adornado tanto del valor militar como de la habilidad cortesana y la legítima ambición de quien desea mejorar la herencia recibida”. "El siglo 15”, agrega Beltrán, "fue pródigo en estos personajes para quienes la política y la guerra eran ocupaciones legitimas y nobles con que dar sentido a la vida y patrimonio al linaje".
El autor de las famosas "Coplas a la muerte de su padre" era hijo de don Rodrigo Manrique y de doña Mencía de Figueroa. Don Rodrigo vio transcurrir toda su vida, en unión de sus hijos, en una lucha infatigable contra otros señores feudales, que con sus mismas ambiciones luchaban entre sí, para conquistar posesiones y honores con que adornar su vida y dar "patrimonio a su linaje".
Don Rodrigo invirtió en esas luchas todos sus bienes; en ellas agotó su fortuna y hasta la muerte se esforzó para lograr el honor y el poder que conferían el ser Gran Maestre de la Orden de Santiago, la Orden de caballero más poderosa e influyente de su época.
Se enfrentó al vacilante rey de Castilla Enrique IV, por sobrenombre "el Impotente" y, al final tomó partido junto a Isabel, la media hermana de éste, en la lucha de ella frente a las pretensiones al trono de la hija de Enrique y Juana de Portugal, mas conocida por "La Beltraneja", por creérsela hija de la reina con el valido del Rey don Beltrán de la Cueva. A esta etapa de conflictos por la corona de Castilla dedicó Orestes Ferrara uno de los estudios más penetrantes escritos sobre el tema: "Un pleito sucesorio".
En su libro "Judíos, moros y cristianos", Camilo José Cela, en sus andanzas por tierras de Castilla, se llega hasta un pueblo llamado Mombeltrán. Y cuenta él: "Mombeltrán es el antiguo Colmenar de las Ferrerías de Ávila, que el rey Enrique ofrecía a don Beltrán de la Cueva, fiel vasallo de S.M. que halló la fórmula, no tan mágica, a lo que parece, de convertir a la reina en madre. Al presente del Rey a don Beltrán se le llamó desde entonces Mombeltrán; al regalo de don Beltrán al rey se le apodó también, desde entonces, la Beltraneja".
Isabel, llamada después Isabel la Católica, era hija del segundo matrimonio de Juan II de Castilla, el rey que “tañía y cantaba y trovaba y danzaba muy bien" y que fue amigo de Jorge Manrique, de Juan de Mena y del Marqués de Santillana; y, que además, le concedió tantas prerrogativas a su favorito Álvaro de Luna, lo que no fue óbice para que al final mandara a ajusticiarlo, aunque Gonzalo Chacón, un caballero afecto al Condestable, y que escribió una croniquilla sobre la muerte de don Álvaro, reclamó que no debía hablarse de "ajusticiamiento", pues lo que se había cometido con él era una "injusticia"... ¡Vaya usted a saber!...Tanto la corte de Juan II como la de su hijo Enrique se caracterizaron por la corrupción cortesana y la liviandad de costumbres, sin desmedro del auge alcanzado por la actividad de trovadores, bardos y poetas cortesanos, entre los cuales se encontraba Manrique.
En los Toros de Guisando, pueblo de la provincia de Ávila, según cuenta Cela en su libro, "se encontraron el 19 de Septiembre de 1468, la princesa Isabel y su medio hermano el rey Enrique IV. La cosa no fue fácil, sino, mas bien, dolorosa. Don Enrique confesó ante Dios y los hombres que aquella doña Juana no fuese por él engendrada, la cual, la adúltera reina doña Juana, había concebido de otro varón y no de él. Don Enrique juró a la princesa Isabel por su legítima heredera. Y la reina Isabel quizás hubiera quedado en princesa de poéticas soledades --honra de tierras y vasallos-- si de aquella hecha, el rey don Enrique no da el paso que dio, aunque después probara la marcha atrás. En Guisando, mejor o peor, se fundó España".
La facción de Isabel triunfó y ella llegó a ser Isabel de Castilla, Isabel la Grande, que con su esposo Fernando de Aragón, completó la reconquista de España de manos de los moros. Con la conquista de Granada terminó en España la Edad Media, a las puertas del Renacimiento. Isabel y Fernando fueron los artífices de la unidad de España y por su parte, hasta donde fue posible, se esforzaron para eliminar la corrupción cortesana de sus predecesores. Fernando era un muy hábil político y diplomático y se afirma que él fue el inspirador de "El Príncipe", de Maquiavelo.
Rodrigo Manrique murió en 1476. A su muerte, su hijo Jorge, poeta cortesano de relativos méritos, se dio a la tarea de narrar la vida y encomiar las virtudes de su padre, el Gran Maestre de Santiago, en las Coplas de todos conocidas. La tumultuosa historia de ese siglo 15, con los conflictos feudales y la corrupción de las cortes, así como un estudio exhaustivo del contenido y estilo de las coplas manriqueñas, está contenida en el libro "Personalidad y Destino de Jorge Manrique", del escritor español Antonio Serrano de Haro. Una lectura realmente apasionante.
Pero lo que despertó particularmente mi atención de entre todo el material de este último libro fue lo referente al "COSAUTE", al cual se refiere literalmente en la forma siguiente, con detalles que creo revisten cierta importancia, por parecerme a mí que pudieran considerarse como antecedentes lejanos de un aspecto muy particular del folklore cubano:
Música y poesía. Música, danza y trova constituían la atmósfera de los estados cortesanos. El "cosaute" era una de las más conocidas formas en que las tres artes colaboraban y nos da un cabo perdido para devanar la madeja en que se enredaban. Era una composición musical cantada, que aceptaba sucesivas letras diferentes. Estas letras podían improvisarse, lo que aumentaba el ambiente de la reunión. Se podía danzar a los acordes de esa música. He asistido en la Alpujarra cercana al mar, a una sesión de los llamados "Trovadores de Guerra" que parece un vivo traslado al marco rústico, de los palaciegos festejos medievales. Con muy rudimentarios instrumentos de cuerda que repiten la misma melodía se organiza un baile y un recital de canciones. Es un baile de parejas sueltas con pocos pasos y figuras. Sobre la música de la danza se suceden las canciones, habitualmente como una controversia entre cantores que se van eliminando hasta quedar dos o pocos meas que se interpelan y replican en un pugilato poético. El verso está marcado por el ritmo musical. Se usa el pie forzado, la reiteración de conceptos y expresiones que unos cantantes toman de otros para insertarlos en sucesivas coplas.
Insensiblemente, nos lleva la imaginación a nuestros campos de Cuba donde los improvisadores de puntos guajiros parecen reflejar, en sus métodos inspiracionales, el espíritu de los primitivos bardos y trovadores medievales que se ejercitaban en el COSAUTE.

