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El lago

Por Belkis Cuzá Malé

También en este número

Tres cuentos ontrarrevolucionarios(I)

Yo que no sé decirlo.

Hay vivencias intrasmisibles. A menos que alguien pueda ver y sentir con los ojos del otro. A menos que, asomándose al brocal del pozo, el agua refleje a uno en el otro y sean la misma persona. No sé si me comprenden. Pero, ¿cómo podría saber yo exactamente qué emociones o qué ilusión les embarga el alma? Yo debería ser cada uno de ustedes, haber vivido las mismas cosas, soñado los mismos sueños para reconocerme en los que hoy leen este artículo.

Césped y piedras

Les diré: mi lago no es extraordinariamente ancho y permanece frente a las casas que se agrupan acá alrededor suyo. Hay césped y piedras y pequeñas embarcaciones de remos, y también cocoteros y flores y pinos en la márgen derecha, que es donde estoy situada. Es un lago, como dije, más bien estrecho, cuando se acerca a la calle, y se va ensanchando como un bolsón azul al que hubiesen recortado con una tijera, en medio de una vegetación que se remansa en la orilla opuesta con una pequeña y limpia playa blanca de semillas y piedras molidas. De esa arena a veces me surto de pequeños "tesoros": cuarzos blancos y rosados, caracoles. Fetiches para matar la soledad del pensamiento. Y es entonces cuando recuerdo la conversación de anoche con un amigo de Ohio : "Mi problema es la soledad ". bueno, quizás es que a mi amigo le está haciendo falta un lago, mi lago. No le dije nada, por supuesto, porque allá en Ohio no se puede tener un lago como éste, así como así. Los miamenses son afortunados, muy afortunados, pero no lo saben. Desprecian lo que Dios les ha dado sin pedir nada a cambio. Están rodeados de ramazones de agua como este lado mío y viven de espalda a ellos. No son, sin duda, como mi vecino, el norteamericano amable y sencillo que disfruta a plenitud las maravillas del lago. Supongo que ha de esperaransioso el viernes en la tarde para soñar con su paraíso, un paraíso que él ha sabido construir y recrear. Un día hizo la playa, otro día trajo una casa plástica llena de huecos para que su niño de apenas cuatro años jugase con la arena. Mi vecino pesca, nada y navega en el lago todos los fines de semana. Lo veo flotando junto a su hijito en una pequeña balsa; a ratos recibe a algúin amigo y entonces el aire se llena del aroma de la carne asada del barbecue. Pasa las horas disfrutando como nadie de la vida. Semana tras semana. Les juro que si estoy apesadumbrada me basta con asomarme a la ventana y verlos a ellos dos --padre e hijo-- disfrutando de las maravillas que ofrece el lago, para sentirme reconfortada. Porque me digo que al menos alguien sabe disfrutar de las cosas sencillas y hermosas de la vida, ésas que están ahí, a la mano de todos y cada uno de nosotros.

El reino de los patos

Pero al margen de mi vecino, yo también he aprendido a vivir con mi lago. Y yo sé que quiero tenerlo siempre frente a mí, quiero mirarme en sus aguas, conocer la dirección del viento, observando los movimientos de las pequeñas olas. Porque el lago es como el reflejo de Dios en la tierra. Levanto la vista y allá en lo alto están las nubes y acá abajo, a través de sus cristalinas aguas, habitan duendes y peces y ranas, pero sobre todo, patos. Ellos son los reyes del lago. Basta con observarlos para saber que su reino está aquí entre ambas orillas. Y les juro que si algún día me mudo de ciudad, incluso de estado, y me marcho a otro sitio, tengan por cierto que llevaré también en mi equipaje a "mi" lago. La parte que me corresponde, por supuesto, porque el resto es de mi vecino y de cada uno de los que como yo no pueden ya vivir sin la presencia luminosa de estas aguas.

Miami Lakes, 16 de septiembre de 1994

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