Cuentan -pero Alá es más sabio, más prudente, más fuerte y más caritativo- que un viajero llegó (…) y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino que fue directamente a la taquilla del cine más cercano, abrió su generosa billetera, pagó los diez dólares del precio de admisión, gastó otros diez ?una ración de palomitas de maíz, una gaseosa (medium size) y una botella de agua de 12 onzas? y entró a la sala de proyecciones, dispuesto a aplaudir hasta el delirio la espléndida osadía documental de Michael Moore, La Voz (disidente) de América.
Y cuentan que luego de haber mal digerido (lenta, muy lentamente) los comentarios simplistas que sobre el exilio cubano escupiera a la prensa el director de Bowling for Columbine, decidí -como el viajero de las mil y una noches martianas- sentarme frente a la pantalla grande y comprobar por mí mismo a qué se debía el murmullo de piedras arrastradas por este río... revuelto, ganancia de pescadores.
Que Michael Moore obtenga millones de dólares gracias a su ataque frontal a la sociedad de consumo no deja de ser una dulce paradoja... Pero vayamos al tema que en realidad me ocupa: Michael Moore -crítico acérrimo del americano feo- tampoco deja de ser el americano feo. Durante los 112 minutos que dura su más reciente y repetitivo documental, no hay una secuencia en la que no parezca gritarnos: «¡Mírenme! ¡Yo soy Michael Moore! ¡Yo digo lo que me dé la gana! ¡Y esta es mi agenda política!».
No puedo menos que felicitarlo de todo corazón. El cineasta está en su humano derecho. No en balde la Primera Enmienda de la Constitución Norteamericana le otorga la inalienable libertad de hablar hasta quedarse sin saliva. Y el camarada Moore ?ni corto ni perezoso- agarra al toro por los cuernos y se dispone a mostrarnos la Realidad, desde su prisma.
No me interesa analizar la validez política o documental del film en estas páginas. He aquí la razón por la que escribo este texto: Fahrenheit 9/11 se estrenó recientemente en los cines de La Isla Que No Debe Ser Nombrada. Que este film haya sido presentado en la patria de Saturno -famoso por comerse a sus hijos- sólo puede ser interpretado como una victoria de la libertad de expresión.
No saquen los cañones, detractores. Me explico. Al margen de que estemos a favor o en contra de las opiniones de Michael Moore -sordo parcial de la oreja izquierda-, la proyección de su obra en nuestra tierra brinda -cuando menos a los cinéfilos despiertos, que los hay- una lectura inmediata: en Estados Unidos es lícito disentir. Sí, aunque en ciertos puntos coincida con la retórica de FC -Bush es malo, Bush es muy malo, Bush es malísimo-, el documental del compañero Moore deja entrever: 1) que el amor, madre, a la patria, no ha de implicar necesariamente el apoyo ciego a ningún gobierno de turno. En otras palabras: Bush no es USA, como no lo fue Clinton, como no lo serán Kerry, Gephardt, Nader, McCain o Buchanan; 2) que en Estados Unidos la gente no es enviada a prisión por el simple hecho de tener una cámara cinematográfica y usarla a su antojo.
Cuando hace varios meses Disney se negó a distribuir Fahrenheit 9/11 -para beneficio de Moore, pues (cuentan los que saben que) la mala propaganda no existe-, los periodistas dependientes de la Isla saltaron a la palestra con la idiotez al uso: en Estados Unidos no sólo hay censura política, también hay censura de mercado. Sin embargo, cuando el documental del Maikel se convirtió inesperadamente en un éxito taquillero, los monjes copistas del Granma cambiaron el tema. O, lo que es lo mismo, volvieron a derretirse en halagos a la medicina gratis (e inexistente) y a los insuperables logros de la educación (sólo para los revolucionarios).
La pregunta de rigor: ¿por qué los miembros del ICAIC y los taquígrafos del Órgano Oficial del PCC no abogan por mostrar en las aburridas salas de cine de la Isla el reciente documental -comisionado por el propio Instituto Cub-ano de Arte...- sobre la profunda crisis que atraviesa el deporte nacional en el patio? Aunque no lo he visto, me aventuro a afirmar que en este acercamiento al béisbol isleño no hay una escena en la que Felipe Pérez Roque aparezca cantando La bayamesa, o Ricardo Alarcón se escupa la mano antes de alisarse el pelo, o el mismísimo Michael Bolton (hoy me parece de muy mal gusto escribir su nombre) se quede sentado con una mirada hierática -durante más de siete minutos- frente a un grupo de educandos que repite: «C de Celia», «F de quién tú sabes», «R de Raúl», luego de que le dan noticia de la voladura del vapor La Coubre.
La respuesta es simple: en la Jaula del Dr. No todo es expresión política. Y la expresión política -como quiera que se mire- siempre debe ser favorable a los intereses de la Revolución . Sugerir que los entrenamientos en el Estadio Latinoamericano pueden verse afectados por la lluvia de apagones -¿debería escribir alumbrones?- a los que está sujeto el Cerro, equivale a conspirar con la mafia cubano-americana de Miami... que, dicho sea de paso, en franca disonancia con su imagen odiosa, envía millones de dólares a la Isla de los cocuyos.
Fahrenheit Habana 9/11
Quizá por esta circunstancia amordazada, el Rey del Ambiguo -corona que alcanzó con su anterior film de una temática profundamente sosa que ya anunciaba en el título- al parecer convencido de que la vida es silbar, documentó -con ese lirismo tan característico de las almas buenas- la modorra que cual gangrena endémica se come a la capital del país de punta a cabo. Suite Habana. No caben dudas, el más notable film de Fernando Pérez sólo podía ser silente. (No hay que olvidar que el que calla, otorga).
Aquí es dónde el lector se pregunta por qué mezclo mangos y manzanas. Amigo rumor: si me refiero a Fahrenheit 9/11 y Suite Habana en un mismo párrafo es porque dichos documentales cojean de una misma pata. Ambos cineastas -expertos en el noble arte de la manipulación- no escatiman esfuerzos en torcerle el brazo al público y convencerlo de sus verdades respectivas: 1) Bush es El Mal; 2) lloren por La Habana que se cae a pedazos y, a su pesar, es bella. Ambos directores se afanan en inducirnos a la lágrima: Lila -la pobre mujer que pierde a su hijo en la guerra de Irak- se puede equiparar a la anciana vendedora de maní que, según confiesa al final de la Suite, «ya no tiene sueños».
A los miembros del Departamento de Desinformación: en ningún momento sugiero que la pérdida de sueños de la isleña se acerque -en el umbral del dolor- a la pérdida del primogénito de la madre norteamericana. Lo que afirmo es que a estas dos víctimas -víctimas de la realidad y de sus respectivos documentalistas- las hermanan las técnicas aplicadas, en uno y otro caso, por Fernando Pérez y Michael Moore.
Reitero: no me interesa debatir el contenido de dichos documentales. (Eso es materia de otro texto). Sólo pretendo exponer los recursos del Método: cuando Moore sale a la caza de familiares de soldados que cumplen misión internacionalista en el hermano pueblo de Irak -y coquetea, por ende, con la eventual caída en combate de los mismos... que habrá de anteceder a los créditos finales del film-, recuerda al Fernando Pérez más predecible, ese que desde la primera toma de la manisera, anuncia al público -al público despierto, que lo hay- que faltan poco menos de dos horas para que la pobre mujer enfrente la cámara y, con tristeza de bolero, confiese que ya han muerto todas sus ilusiones.
Conducta impropia
A los isleños que gustan del género documental, los promotores locales de Suite Habana y Fahrenheit 9/11 les han hecho un flaco favor al mantenerlos saludablemente alejados de la obra de Néstor Almendros. Es cierto que varias de las películas que el camarógrafo cubano filmó -dirigidas por François Truffaut, Alan J. Pakula, Robert Benton, Martin Scorsese, et al- fueron pasadas en el fragmento televisivo reservado para la Película del Sábado o la Tanda del Domingo, en aras de entretener las noches, alargar las madrugadas o contrarrestar el efecto a ratos soporífico del espacio dominical Palmas y Cañas. Pero a la filmografía de Almendros como director, los fascistas del patio le han colgado, según es costumbre, el famoso cartelito: Achtung! Verbotten!
Me refiero a Conduite Mavauise (1984; en español: Conducta impropia) -codirigida por Orlando Jiménez Leal- y Nadie escuchaba (1988) -codirigida por Jorge Ulla-. En ambos filmes, Almendros y Compañía documentan, en este orden y con testigos que vivieron el horror en primera persona: 1) la brutalidad a que fueron objeto los homosexuales en la tierra del Hombre Nuevo; y 2) las técnicas persuasivas -ostracismo, cárcel, tortura, paredón; las cuatro juntas- empleadas por Lord Voldemort para mantenerse dictaminando vidas, muertes y destinos de toda una nación maniatada.
Créditos finales
Quiero dar las gracias a La Academia (aplauso deportivo)... y -ya que estamos- felicitar al americano feo, Michael Moore, por hacer uso cabal de la libertad de expresión, prerrogativa que le permitió rodar su largometraje tendencioso. (Aplauso deportivo). Felicito también al ICAIC, por exhibir Fahrenheit 9/11 en la Isla. E invito a los programadores (silencio en las gradas), o sea, al Programador, a transmitir -por ejemplo, en el espacio que ocupan las rectangulares Mesas Redondas- los documentales Conduite Mavauise y Nadie escuchaba.
¡Arriba el telón! Y hasta el momento en que la obra del cineasta Néstor Almendros pueda ver también el amanecer en el trópico, sin que por ello se les racione -aún más- la luz, la comida, los encuentros familiares y el espacio físico a sus promotores, tanto los mecanógrafos de la prensa oficial, como el cargabates del equipo olímpico de béisbol y los cinco héroes del Imperio se verán obligados a coincidir conmigo:
En Cuba la censura no existe.
En Cuba la cens.
En Cub.

