Nota: En dos ocasiones, julio de 1998 y de 2003, hemos visitado, en Miami, Florida, (The Sunshine State), al más añejo de nuestros exilios. En ristra de escritos, con el reportaje en reseñas que sigue a la cabeza, relatamos vivencias y experiencias, retrospecciones y reflexiones de lo que por aquellas tierras hemos sentido, visto, evocado, oído o leído. Hoy le corresponde al Santuario Nacional Ermita de la Caridad.
Es domingo, soleado, 27 de julio. Enfilamos a Coconut Grove; la interstate higway 75 nos arroja justo a los pies de la pintoresca ciudadela. Antes de merodear por el hollywoodesco Coconutwalk -abarrotado de tiendas exclusivas y dispendiosas, y de bares, cafés y restaurantes agitados desde los albores- nos prestamos a visitar la Ermita de la Caridad, el modesto y al mismo tiempo majestuoso santuario de la cubanidad devota proscrita.
Saldaba yo cuentas con la agenda inconclusa de cinco años atrás, cuando el diario dependía de incidentes de terceros. Pero también era esta visita al templete, manera particular de asomarme al vano de mi pasado — aunque remoto, plenamente rescatable de los recovecos de la memoria. Por que no menos cierto es que mi adolescencia va forzosamente estampada por el insistente resurgimiento de la Virgen de la Caridad del Cobre: cada año, cuando los internados-cuarteles cerraban sus puertas, acostumbrábamos a agasajar, mi hermano y yo, los habaneros, a los abuelos por línea paterna, que residían en aquella comarca de provincia conocida a lo largo y ancho del país como El Cobre, recinto originario de la que el Sumo Pontífice Benedicto XV proclamase, allá por 1916 y complaciendo petitoria de los Veteranos de la Independencia, Patrona de Cuba.
Mas poco antes de franquear el quicio de la casona cita en calle Aurelio Fernández, s/n., -donde aún reyerta con la vida abuelo Roberto (¡te abrazo fuertemente, viejo!), ahora abandonado para siempre por su entrañable compañera del alma, mi queridísima Esmeralda, (¡qué en paz descanses, abuela! ¡ Plantaré algún día mi flor en tu tumba?)-se alzaba frente a nosotros el deslumbrante resplandor de la iglesia parroquial, blanca como la cal, abriéndose de súbito paso entre las verdosas montañas que, literalmente, estrangulaban al otrora emporio minero.
Me veo, vacación tras vacación, tiempos aquellos saturados de inocencia e ingenuidad, contemplando boquiabierto el lujoso atuendo que engalanase a La virgencita; me acerco, como otras veces, a las vitrinas que descubren las súplicas de un mar de gentes, traducidas en prendas y amuletos de todo tipo y carácter, ofrecidas a la deidad portentosa en noches de zozobra y días de incertidumbre; atisbo con desconfianza laica y reconcomio agnóstico a las personas encuclilladas, en cuyas manos entretejidas y orantes apoyan la sien, distraída en los pesares; repaso en los murales al efecto la milagrosa odisea de la aparición de Nuestra Señora de la Caridad en las turbulentas aguas de la Bahía de Nipe, y sobre su rescate por los tres pasmosos Juanes lugareños…
Los persistentes vaivenes de la vida me han entrado ahora, empero, a otra ermita, que aunque ancho y bravo mar de por medio con la que admirase alelado en la adolescencia, hermana inmaculada de ésta se declara. Cita en 3609 South Miami Avenue, el templo cuya hechura arquitectónica despierta de la imaginación una imponente tarántula, albina en sus articulaciones, refugia en el epicentro de su dominio, un solemne mural, que hurta, impúdicamente, la primigenia curiosidad del forastero.
Y como nos adentramos en el campo del ver, o mejor dicho del no ver, que es de lo que más se tratará, es bueno que inspeccionemos la visión del anciano. Ya sabemos todos que la sobredosis de Habanos y Cohíbas, aunado a los añejos Bacardí (sí, así como lo está oyendo, pues se me antoja que detesta el Habana Club), le ha provocado una ambliopía, enfermedad esta que a su vez le ha estimulado su ya de por sí crónica histeria. Ahora bien, si de algo en verdad padecen los órganos visuales de aquel macho, es de miopía extrema (autoimpuesta, ¡ah!). Me explico: el rector mayúsculo tiene una vista portentosísima cuando se trata de ver a largas distancias; allí donde por principios ópticos normales los otros seres humanos difícilmente detallarían cuantos tarros tiene un alce a 60 metros, él te puede por ejemplo aseverar, desde su Cubita linda, cuántos harapientos, mendigos, vagabundos, etc. transitan las calles del enemigo Nueva York. Otra cosa claro cuando enfoca los espejuelos fondos de botella a su alrededor: ¡entonces no ve nadita! La autoimpuesta miopía bloquea las ondas luminosas que intenten traducirle la miseria económica, la apatía arraigada y el descontento generalizado en que ha sumido a Su pueblo, no permitiendo que estas lleguen a la retina y por ende abortan prematuramente antes de convertirse en (indeseable) imagen. Con incapacidad como esa, aumentan las probabilidades de que nunca, no que vez alguna, se dé cuenta de las calamidades de sus desmanes.
Tanto el simbolismo y la minuciosidad de su contenido son, que me asisto ahora, para esta ligera apuntación, del opúsculo El Mural de la Ermita: Historia de Cuba en una mirada. En aquel se revela que la pintura de Teok Carrasco, fue bendecida e instalada el 8 de septiembre de 1977. Y que los mares que la abren y cierran, encarnan el continuo sufrimiento: la cruz de nuestro pueblo. Y que dos ángeles elevan inocentes la Patria –la enseña plegada a una cruz- hasta el mismísimo trono de Dios. Y que antes allá llegar, pasado tuvieron que por el regio Pico Turquino, el más penetrante de nuestra geografía y el más vecino al Reino de los Cielos. Emergen del fondo del mar, suplicantes, las manos del artista, acaso para avalar el revoloteo de los cándidos arcángeles…
Vencidos los abstraccionismos, queda Cuba toda, la natural y la de “carne y hueso”, en el curso del mural. Siete templos figuran los santuarios de la Virgen de la Caridad: uno por cada provincia cubana, la insular como la continental. Paisajes del campo y arquitecturas de la ciudad identificables, se esgrimen de fondo al relicario de grandes cubanos. Son éstos 44, y aunque la Iglesia poco hace sin sentido simbólico, por saber quedamos si aquella cifra algo significaba para el pintor ausente. Empezada la iconografía con el almirante Cristóbal Colón, pasando por reconocidos próceres, científicos, literatos, predicadores, misioneros, y otros muchos, finaliza ésta con el antiguamente arzobispo de Cuba, San Antonio María Claret (1807-1870). De estos grandes hombres y mujeres, entre quienes se alistan cubanos como no cubanos, se cuenta en El mural de la Ermita “datos de su vivencia religiosa, quizás la faceta menos conocida, pero más real, de sus vidas”.
De uno, se relatan tres meras oraciones en el fascículo: “Nació en Camagüey en 1915. Fue ordenado sacerdote el 27 de febrero de 1944 y recibió el episcopado el 15 de mayo de 1960. Expulsado de Cuba por predicar todo el evangelio el 17 de septiembre de 1961”. Pero el que, aun en vida, mereciera espacio en la galería de ilustres de nuestra historia político-eclesiástica, elogio era merecido a su rica obra; la de Monseñor Eduardo Boza Masvidal, predicador incansable que por aquellos días se fugara al Reino del Señor.
A este sereno servidor de la causa de la libertad de Cuba e incansable misionero de la palabra del Padre, rendíanle tributo la radiante mañana dominical, cofradía y feligreses de la Ermita desterrada. “Todo el que quisiera una plaquita, puede adquirirla ahora, pero es para ponérsela…”, atisbo las palabras del oficiante que nos conversa de una chapa con la imagen del obispo difunto. “Y el miércoles tendremos una misa con Monseñor Agustín Román.”
Del prelado expatriado, se hablaban tan sólo cosas buenas en toda la comunidad exiliada, me las decían amigos lejanos de mundos disparejos, las leía en revistas logradas en las perseverantes prensas del exilio… Un libro, del y por el propio sacerdote dedicado “A mi pueblo, que lucha por la Libertad”, intitulado Voz en el Destierro (Revista Ideal, Miami, Florida 1997. Tercera edición actualizada), y que se compraba en la expendeduría del oratorio, dejaba constancia de la grandeza y nobleza de su evangelio emancipador.
Era este un compendio de elegantes escritos del pensador, en cuyo prólogo, del pulso del referido Monseñor Agustín A. Román, hermano de desgracia del sacerdote fenecido, vertíanse nuevos detalles de la peregrinante existencia del obispo, por la fuerza expulsado de su patria en el barco de insignia española Covadonga: “Hizo sus estudios primarios y secundarios en el Colegio La Salle del Vedado. Su Doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Sus estudios eclesiásticos en el viejo e histórico Seminario de San Carlos que fuera cuna de cubanos en el siglo pasado. De donde salieron Caballero, Luz y Caballero, Saco y tantos otros.”
A la ordenación sacerdotal y a la consagración obispal, recogidas ambas en la catedral capitalina, le emperifollan otros honores terrenales a más de celestiales: “Tan sólo unos meses hacía que había sido nombrado rector de la Universidad Católica Santo Tomás de Villanueva. Había gastado sus diez y siete años de vida sacerdotal en Cuba como profesor del mismo Seminario Diocesano y como párroco de las Parroquias de Madruga y de Nuestra Señora de la Caridad en la capital. Era un cubano en todo el sentido de la palabra el que era expulsado y lo hacían de manera violenta, inhumana, sin poderse defender, echado de su tierra como si aquella tierra no le perteneciera y como si no hubiera trabajado nunca por ella.”
Siento si en este recuento, abuso del entrecomillado, pero ha menester no pasar por alto las palabras que en el Ideario, profundo amén de híbrido, el prelado legara a la cubanidad sobre la esencia de la condición exiliada. Fueron con estas graves afirmaciones, cuales sólidos bloques, que él levantara el inconmovible edificio del Exilio: “Debe ser para nosotros un tiempo fecundo de maduración y sacrificio. La dispersión física no debe convertirse en dispersión espiritual ni en la perdida de nuestra identidad como pueblo. Por la patria hay que seguir luchando siempre, cualquiera que sea el tiempo que hayamos pasado fuera o la distancia que nos separe. Nuestra postura no puede ser la nostalgia estéril y enfermiza ni la despreocupación cómoda, sino el esfuerzo y el sacrificio porque `la patria es agonía y deber`. Podemos unir perfectamente una sana integración en el país en que vivimos y al que aportamos nuestro esfuerzo, y el amor a Cuba y el trabajo por ella, sin dejarnos traumatizar por la experiencia vivida sino abierto a los cambios sociales justos y necesarios.”
Cierra Voz en el Destierro, con una reflexión de Monseñor Eduardo Boza Masvidal, dadas las bodas de oro sacerdotales el 27 de febrero de 1994, esto es, a los 50 años de ministerio sagrado, en la que el pronuncio anhelara para Cuba “un orden social en el que se junten la justicia y la libertad”. “Para acelerar esa hora tenemos que comprometernos todos, Isla y Exilio, guiaba aquel lúcido hombre, buscando todos el bien de la Patria. Quiera Dios que eso se logre, y que así como comencé mi ministerio sacerdotal en Cuba, pueda terminarlo también en Cuba, ofreciéndole mis últimos esfuerzos, como sacerdote y como cubano, para la reconstrucción de una Cuba realmente cristiana y feliz.” No pudo el obispo cubano acudir, corporalmente, a la restauración de su Patria; mas su legado histórico y eclesiástico servirá sin dudas en la rehabilitación del espíritu lastimado del hogar cubano.
Puede el feligrés, en el Santuario Nacional, tomar gratuito ejemplar de La Voz Católica, www.vozcatolica.org, publicación mensual que toca a la puerta de 45 mil hogares floridanos. Por costumbre adquirida y practicada en otros lares, tomo conmigo uno: el más fresco, el de junio; y veo que es una revista profundamente empapada de los acontecimientos, ora cercanos ora lejanos, de la vida religiosa y material de los parroquianos. Allí el interesado se informa de los cambios esenciales en la jerarquía de la Arquidiócesis de Miami, de la que es vocero principal La Voz Católica; de la labor evangelizadora de sus diferentes denominaciones; de los beatos devenidos en ejemplos de santidad; de los últimos acaecimientos en el Vaticano y de su quehacer humanitario por el mundo; de noticias sobre política religiosa, en Estados Unidos de América y en América Latina, que repercuten por igual en la comunidad católica del país; de cultura con temas místicos en formato de libros, pantallas, y exposiciones; de las distintas celebraciones eclesiásticas…
Queda espacio, grande por cierto, entre tanta novedad y relato, para la Cuba misionera, la de ambas riveras del Estrecho. Dos corresponsales en Cuba, Dagoberto Valdés y Orlando Márquez, son testimonio incuestionable de que La Voz Católica no hace caso omiso al sufrimiento de sus hermanos insulares en cautiverio. Del primero, Miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz, al tiempo que Director del Centro de Formación Cívica y Religiosa y de la Revista Vitral, de la Diócesis de Pinar del Río, Cuba, se pública en aquella edición un pulcro diálogo, inconcluso, con Mons. John C. Favarola, sobre la comunión en la esperanza por una Cuba en libertad entre las iglesias de la Isla y de la Diáspora.
De Jaime Ortega Alamino, Cardenal y Arzobispo de La Habana, se reproduce una versión abreviada de una charla que tuviese con la prensa, después de la disertación Preocupaciones y apuestas de la Iglesia mirando al porvenir de nuestro pueblo, un 29 de mayo, en torno al proceso de reconciliación en Cuba y en la que, entre otros muchos aspectos, reafirmase que “[l]a Iglesia no tiene la misión de ser el partido de oposición que lamentablemente no existe en Cuba”, como tampoco se le puede pedir que “que apoye al gobierno revolucionario”. Monseñor José Siro González, obispo de Pinar del Río, afirma, por su parte, en La presencia de la Iglesia en la sociedad es esencial al Evangelio, que “ser independiente no se confunde con una mera neutralidad, como si la iglesia quisiera y tuviese que permanecer indiferente en la organización socio-política que funcione en el país”, proponiendo un programa de “nueva y buena evangelización” concentrada en tres ámbitos indispensables: el de la misericordia, el del diálogo y la reconciliación, así como el de la esperanza.
Reseña con lenguaje sencillo y ameno, en el mismo número de junio, Rogelio Zelada la Historia de la Iglesia Católica en Cuba, de Monseñor Ramón Suárez Polcari, (Ediciones Universal) que abarca “desde los orígenes de la evangelización de la isla, en los albores de su descubrimiento, hasta el nombramiento de Mons. Enrique Pérez Serrante, como Arzobispo de Santiago de Cuba, en 1948”. Por último, entrevistado por Dora Amador, el Padre Francisco Santana, “uno de los exiliados cubanos en Miami más queridos por los cubanos que viven en Cuba”, quien desde 1985 respondiese en Radio Martí por el programa El Cubano y su fe y que en 1993 fundase Fe en Acción, iniciativa de remesas de medicinas a la isla, da cuenta del cáncer que corroe su cuerpo mas no su espíritu; y como ha ofrendado su sufrimiento, su vida, por la sanación de la Patria.
Presidida por el Arzobispo John C. Favarola, la alta calidad periodística e informativa de La Voz Católica entre las prensa apostólica de los Estados Unidos de América y Canadá, ha quedado recientemente reconocida: la Convención Anual de la Asociación de Prensa Católica, estructura que congrega a 321 publicaciones miembros, celebrada en Atlanta, Georgia, entre el 28 y 30 de mayo del 2003, le otorgó a dicha publicación cinco reconocimientos nacionales: tercer premio nacional por la Mejor Portada, primer lugar por la Mejor Campaña Promocional de Circulación, mención honorífica en la categoría de Excelencia General entre periódicos hispanos, primer lugar compartido en la de Mejor Artículo sobre un Acontecimiento Regional o Local, así como segundo lugar en la de Mejor Artículo Principal.
Siéntese a gusto el parroquiano en su ermita, que ubicada a la orilla del reverenciado Caribe, nos vuela involuntariamente la fantasía al malecón habanero. Por sus rededores corretean, como por el patio de sus casas, los críos; sus padres lozanos, entretanto, con rostro severo, respetuoso y misericordioso, envían sus rezos de por Bienestar y Fortuna a la Imagen Peregrina; los de edad más avanzada, tan en hogar propio se creen, que hasta sus reclinatorios plegables consigo llevan, hincando, ya cómodos, la exigua vista en la otra orilla del mar.
Tal parece que la Santa Sede no ha pasado por alto la labor comunitaria y emancipadora de esta pequeña parroquia de ultramar. Cuelga, en unos de los paneles de la feligresía, un pergamino, orlado por el retrato del Sumo Pontífice saludando con la diestra y con la otra apoyado al báculo pastoral, cuyo cuño y lenguaje, evidencian procedencia vaticana. En este, puede ojearse:
“SU SANTIDAD JUAN PABLO II OTORGA DE CORAZÓN LA BENDICIÓN APOSTÓLICA A LOS MIEMBROS DE LA COFRADÍA DE NUESTRA SRA. DE LA CARIDAD EN OCASIÓN DEL TRIGÉSIMO ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN EN LA ARQUIDIÓCESIS DE MIAMI POR EL ARZOBISPO COLEMAN F. CARROLL D. D. (1968-1998) CUYA IMAGEN VENERADA EN LA ERMITA DE LA CARIDAD PRESIDIÓ EN SEPTIEMBRE DE 1987, LA CAPILLA DEL SANTO PADRE EN SU PASO POR LA ARQUIDIÓCESIS DE MIAMI.”
Todo cubano -devoto o laico, religioso o ateo, deísta o agnóstico, católico o santero- que peregrine al decano de los exilios, traspasará sin falta, pues sobre ser compromiso patrio no meno lo es deleite espiritual, el umbral del Santuario Nacional Ermita de la Caridad; y bajo el placentero manto de su cónica bóveda y de la luz intermitente de entre los bíblicos vitrales encontrará, en tanto la palabra de Dios, el alma incólume de la cubanidad proscrita.

