Corresponde a los creadores de opinión políticamente incorrectos, vacunados contra el sarampión del antiamericanismo, a los periodistas responsables, hastiados de mirarse el ombligo, a los medios de comunicación desalmidonados, a los liberales sin complejos y/o a los verdaderos liberales, invertir las reglas del juego. En un escenario secuestrado por la miopía de los mass media y el narcisismo de la intelectualidad subsidiada, resulta urgente reorientar el lenguaje -más que nada el político-, restableciendo su naturaleza primigenia. Habría que llamar a las cosas por su nombre, o al menos intentarlo.
Las circunstancias y derroteros de los dos últimos siglos fueron y son decisivamente influidos por la manipulación lingüística. Una vez que la izquierda y sus amanuenses convirtieron la responsabilidad individual y el libre mercado en demonios por antonomasia de la modernidad, parapetándose, para normar las circunvalaciones de la palabra, tras el imaginario de una clase desposeída a la que íntimamente desprecian, el lenguaje entró en una dinámica subsidiaria, sujeta a la correa de la actual ideología dominante. Entretanto, del otro lado de la acera se continúa pasando por alto todo esto, lo cual es convenientemente instrumentado por quienes visten el traje a la medida de la negación y el eufemismo.
Ceder terreno a la progresía conservadora, empeñada en perpetuar un orden de cosas inoperante y caduco, traerá consecuencias impredecibles. Gracias en buena medida a la labor de zapa del conservadurismo intelectual y las apisonadoras mediáticas de lo políticamente correcto -más influyentes de lo que se supone-, en organismos de la envergadura de Naciones Unidas quienes deberían ser juzgados juzgan a quienes deberían juzgarlos, al tiempo que se amordaza a pueblos enteros desde clichés como la no intervención, la autodeterminación o el fantasma de un pensamiento único vigente, sobre todo, en las cabezas de aquellos que supuestamente lo combaten. Millones de individuos esclavizados en pleno tercer milenio, padeciendo hambre crónica y enfermedades curables, sin derecho a elegir a sus gobernantes e indefensos ante la globalización del terror practicada por éstos, deben aceptar, entre maniatados y manipulados, que los principales responsables de su tragedia criminalicen al Occidente desarrollado y su buque insignia, los Estados Unidos.
Habría que empezar por rescatar términos como independencia, injerencismo, resistencia, conservadores, progresistas, neoliberales, presidencia, democracia, revolución, pacifismo, etcétera, contextualizándolos adecuadamente. Dejar en paños menores las protuberancias de un lenguaje amañado, exhibiéndolas a la luz pública, constituye la gran tarea pendiente de los defensores de la libertad. Se trata, ciertamente, de una batalla desigual, en la que el empuje de los mass media y la intelectualidad resentida a ratos se vuelve insoportable, pero que de ninguna manera puede darse por perdida.

